Otra vez, tú.
He pasado una década repitiendo iracundamente el tortuoso ciclo de ilusionarme con alguien, entregarme profundamente, convertirme en una mejor persona para honrar su amor, compartir una etapa de nuestras vidas, reconocer cuando la cotidianidad ya no era compartirla, agradecer lo vivido y soltar con amor.
Si me lo hubieran preguntado a mis tempranos veintes, me hubiese confesado un alma enamoradiza, una idealista empedernida, una amante del amor.
Pero hoy, a mis veintimuchos años, poco queda de aquella irreverente muchachita que sin precaución se dejaba caer en los brazos del amor y se hundía con alevosía en la pasión de aquella ilusión.
Todo eso, hasta que te vi.
Aquel domingo, entre tanta música y tanta gente, se me ocurrió que tal vez no era tan mala idea volver a repetir aquel ciclo que tanto me destruye, si es que volverme inexorablemente tuya sería parte del proceso.
Para mi mente, eras alguien nuevo; pero mi corazón, oh cariño, mi corazón perfectamente te conocía. Ya nos habíamos encontrado, en otra vida, en otros mundos y en otros amores.
El fuego de tu mirada, la grandeza de tu voz y la fuerza con la que obran tus manos eran la combinación que, usualmente, me volvían loca. En otro cuerpo, en otra piel, pero tú, siempre tú.
El ciclo algún día logrará su epítome y sabrá que ha llegado a su último destino, y aunque sí será contigo, no será con esta versión tuya.
Pero tranquilo, mi amor, el adiós nunca fue una despedida; es solamente el acto final que desencadena la solemne muerte de una versión mía que, con el tiempo y con un nuevo amor, renace cada vez mejor.
Seguiré soñando con el posible color de tus ojos, adivinando a qué huele tu pelo e imaginando a qué nueva afición me arrastrarán tus encantos. Te buscaré disimuladamente en cada nuevo lugar al que vaya y no dejaré de sonreír con picardía ante cada par de ojitos risueños, anhelando que seas tú.
Porque fui, soy y seré siempre tuya, Vic.