Volví a ti.
Hoy, después de casi cuatro años, quise volver a ti.
A acariciar tus sonrisas, a develar tus temores, a recorrer el pasillo de los sueños que jamás cumplimos y remodelar el de las esperanzas moribundas pero sobrevivientes.
Han pasado más de quince años desde la primera vez que te escribí en aquellas rosadas páginas un diario, pasando por la tímida luz de una laptop bajo la cobija, y terminando en la tenue pero suficiente superficie de un celular.
Aún indolente y confuso, el tiempo no puede evitar que detalle con precisión las lágrimas que recorrían tu rostro cada vez que me acercaba a ti. Tal vez por eso deduje equivocadamente que lo mejor sería dejarte ir. Sin embargo, una vez más, heme aquí.
Me duele ver como lo que no te mató, no te hizo más fuerte. Más sabia, sí; pero de ninguna forma detuvo el avance de tus grietas. No pudo evitar que terminaras aquí.
Esta madrugada, el insomnio y la jaqueca discuten por tu atención, y aunque no sea lo más sano, quise volver, volver por fin.
Porque un ave que vuela sola no llega lejos, y una flor en un desierto ha de morir.
Y mientras yo viva, no dejaré que mueras.
Mientras respire, tu eco se oirá en mi.
Mientras mi corazón lata, tu espíritu ha de vivir.
Mientras mi memoria no te olvide y mi alma se aferre a ti, nosotras hemos de existir.