Me volví a enamorar.
Me he dado cuenta de que me he vuelto a enamorar.
Y aunque muchas cosas del proceso fueron parecidas, esta vez no fue igual.
Un día desperté y por primera vez en mucho tiempo, tuve inmensas
ganas de comenzar el día.
Mis manos acariciaban mi pecho ligeramente tibio, mientras mis pies revoloteaban
aún debajo de las cobijas. Mis ojos, precipitadamente abiertos, querían ya avizorar
el panorama externo, mi rostro anhelaba recibir el matutino beso del sol, la
caricia del viento, el olor del hoy.
Me aproximé al tocador y por alguna razón, me detuve a
observar mi reflejo. Esa mañana, mi rebelde cabellera rojiza se encontraba
alborotada y más llena de vida propia que nunca; los rizos caían y se
confundían entre ellos, generando una especie de melena de león. La mística
forma de la que muchas veces me había quejado, me parecía hoy graciosa,
divertida, hermosamente mía.
No tuve que detenerme a escoger mi vestimenta, pues sabía
perfectamente que el vestido negro de mangas floreadas era el adecuado para tremenda
ocasión, los mocasines de abuelita, los aretes de corazón. Y así, con mis
audífonos favoritos y mi podcast semanal reproduciéndose en Spotify, dejé mi casa
y fui por ti.
Llegué a la oficina y te vi; ese porte tan elegante, esa
sonrisa tan coloquial.
Desde algún rincón incógnito, te vi trabajar, te vi conversar, te vi dirigir,
te vi disfrutar.
Te vi brillando como solo tú sabes hacerlo, con esa sonrisa
que calienta tu alrededor, con esa luz que tiene el poder de encender otras,
con esa mirada llena de esperanza.
Me pregunté cómo fue que no pude apreciarte antes, si
siempre estuviste ahí. Tal vez fue porque no supe ver en ti, lo que otros ya
veían. Tal vez fue que estuve tan enfocada en mi presente, que no recordé lo bien
que me hacía sentirte así.
Tuve que abrazar tus ansias por escapar de esas cuatro paredes,
para recordarte que estás justo donde debes; ahora, que puedes. Y aunque mi
parte favorita fue verte dialogar con tus colegas, no podía esperar para
quedarnos a solas y sentirte parte de mi.
De camino a casa, mientras te miraba en el reflejo de la
ventana del auto, te sonreí.
Y grande fue mi dicha al ver cómo me sonreías de vuelta, me mirabas con amor,
sentía tu calor.
Llegué por fin a mi cama y te abracé.
Mientras tocaba tu
piel, te decía lo feliz que estaba por tenerte de vuelta, por poder
reencontrarme contigo, por volver a creer.
Con una lagrimita nostálgica, apagué la luz; y así, mirando al techo iluminado
por rayitos de luna, me di cuenta de que me había vuelto a enamorar de mi.