Sanar, desde adentro
Siempre he sido una mujer muy intensa.
Desde pequeña he sido muy estricta conmigo misma y he buscado la perfección en el sentido más tajante de su significado.
Me he esforzado mucho por ser una alumna sobresaliente, una trabajadora eficiente y un ser humano ejemplar. Y aunque en algunas ocasiones me he enorgullecido por mis pequeños logros, nunca me he sentido lo suficientemente buena.
Mis insaciables deseos de ser siempre más me llevaron a adoptar conductas extremistas, para mi las cosas eran o impecablemente blancas o irremediablemente negras, día soleado o noche oscura, todo o nada.
Durante mucho tiempo viví angustiada por el futuro, como si la incertidumbre del mañana fuese más importante que la certeza que nos da el hoy.
Hasta que caí...
No tropecé, caí de cara. Me vi sumergida en una profunda inconformidad conmigo misma y mi alrededor. Con mis actitudes negativas, alejé a personas y herí a quienes me amaban, sin embargo a la persona que más daño hice fue a mi misma.
Durante el tiempo que estuve sumida en esta condición sentí una dualidad interior, yo misma me criticaba, me cuestionaba y me humillaba. Constantemente me sentía miserable, algunos días me levantaba de madrugada y me quedaba despierta pensando si alguien tan insignificante como yo merecía ver brillar el sol un día más.
Nunca perdí la sonrisa, pero no encontraba la alegría. Nadie me preguntaba si estaba mal porque nadie sospechaba cómo me sentía realmente.
Recuerdo que una vez me preguntaron cómo hacía para estar siempre tan feliz, porque en el trabajo siempre me veían sonriendo. No supe que contestar, pero aún con la sonrisa en el rostro una lágrima rodó por mi mejilla. Luego me excusé, fui al baño y me puse a llorar. Ese día supe que no sólo algo, sino mucho en mi vida andaba mal, muy mal.
Para ese entonces, mi familia también se había dado cuenta de que algo conmigo no estaba bien, estaba delgada, ojerosa, o eufórica o irritable, tenía la mirada perdida y no me gustaba hablar de mi día, decía que era lo mismo de siempre, la misma rutina.
Yo no entendía nada, ni quería entender. Yo sólo quería seguir con mi rutina diaria, viviendo una realidad que me hacía cada vez más infeliz, pero que de alguna manera me hacía sentir segura.
Miedo. Yo tenía mucho miedo.
El temor a lo desconocido es algo que muchas veces frena nuestros deseos de cambiar, de salir de nuestra zona de confort y aventurarnos en la búsqueda de algo mejor.
El primer paso importante que dí, fue aceptar que no estaba bien, mi situación no estaba bien, mi salud no estaba bien y yo no estaba bien.
Me costó mucho darme cuenta de que tenía que cambiar mis hábitos nocivos y mis actitudes negativas, también fue difícil reconocer que no podía hacerlo sola y para una persona tan independiente como yo, fue duro admitir que necesitaba ayuda.
Pero lo hice.
Una vez que con autonomía decidí cambiar, todo empezó a mejorar.
He tenido que esforzarme por mantenerme fuerte cuando quería decaer y sí que han sido muchas veces. Pero no me rendí antes y no lo pienso hacer ahora. Cada vez que retrocedí un paso, fue sólo para tomar impulso. Poco a poco, fui curando mi cuerpo, mi alma y mi corazón. Con mucha paciencia, entendí que mi salud no se limita a un estado físico, sino también mental. Ahora tengo buenos amigos a los que quiero muchísimo y con los que adoro pasar tiempo.
Hoy, vivo un día a la vez. Valoro cada segundo que respiro y cada mañana al levantarme agradezco la oportunidad que se me da de seguir existiendo.
No sólo tengo uno, tengo mil propósitos, busco y le encuentro sentido a mi existencia. No sólo pienso en mi, también me preocupo por los demás.
¿Miedo? Sólo a jalar un parcial en la universidad
¿Vergüenza? A todavía no saber cómo hacer un buen nudo de corbata.
¿Vergüenza? A todavía no saber cómo hacer un buen nudo de corbata.
En esta larga travesía, he aprendido mucho y no me arrepiento de lo vivido. Considero que la vida nos enseña de diferentes maneras, a veces a la buena, a veces a la mala y a veces a la muy mala. Pero cada vivencia es como un bloque que nos ha ayudado a construir nuestro presente y cada situación nueva es un prospecto de plano para que sigamos mejorando la obra que somos nosotros mismos.
Decidí escribir esto para que si por algún motivo tú, mi querido lector, te encuentras en tiempos de crisis, recuerdes que mientras sigas vivo aún hay esperanza. Busca una motivación y aférrate a ella. No te dejes vencer, eres más fuerte de lo que crees. Seguro ya habrás oído que lo bueno de tocar fondo es que a partir de ahí sólo puedes ir para arriba, pero no solo eso. Aprovecha que estás abajo para conocer las bases de la construcción, analiza tus cimentos y no le tengas miedo a empezar a crecer desde cero. Si ya te caíste, aprende de tus errores y levántate, que si lo haces bien, el próximo terremoto no podrá derrumbarte.
Para finalizar, quiero recordarte que no estas solo. Caras vemos, corazones no sabemos. Deja de lado tus temores y por favor no te aisles. Aunque no lo creas, siempre hay alguien que se preocupa por ti y te cuida. Si crees en Dios, confía en que Él tiene grandes planes para ti y si eres un poco más Darwinista, ten en cuenta que tus antepasados se partieron el lomo para que estés en la posición en la que estás y no puedes tirar al tacho los esfuerzos de milenios de evolución.
Siempre es buen momento para parar, para cambiar, para comenzar. La esperanza es el sueño de los despiertos, por favor nunca dejes de soñar.
Con mucho amor, Victoria.