Carta a mi niña.

Mi querida Camila: 

Superados mis traumas; podría afirmar que de mi infancia no recuerdo mucho, pero aún dentro de ese voluntario bloqueo, guardo entre mis memorias, el día en que a una pre adolescente como yo, le pidieron ser tu madrina.


Mi corteza prefrontal, aún escasamente desarrollada, no comprendía bien qué significaba amadrinar. A mis cortos doce años sólo podía cuestionarme ¿a qué me compromete ese título? ¿cuánto de mis propinas te tengo que dar? ¿Qué tan descortés sería rechazar la propuesta? y sobretodo ¿cómo era eso de que yo tendría que comprarte el vestido?


No hubieron respuestas, pero hubo bautizo, hubo celebración, hubo compromiso y sobretodo, hubo a bien el destino llevarme a la que aún no sabía, sería mi más acertada decisión.


El tiempo pasó y la vida nos llevó por caminos diferentes, rutas paralelas y distintas, pero que cuando hallaban una intersección, parecían conocerse innatamente bien.


Hasta que algunos años después, mientras el mundo afrontaba su más grande pandemia viral, yo afrontaba un nuevo reto: vivir contigo y hacerme cargo de ti.

Despertar temprano, hacerte el desayuno, asegurarme de que te bañes bien, ayudarte a hacer la tarea, lograr que te comas los vegetales del almuerzo, preparar un postre diferente cada tres días y que no te escapes con mi celular para ver tiktoks de noche fue, sin duda, todo un desafío. 


Sin embargo, hubo algo más. Detrás de cada despertar temprano, hubo una guerra de almohadas y de cosquillas, detrás de cada desayuno, hubo una obra de arte haciendo florcitas en las frutas y caritas a los pancakes, detrás de cada tarea realizada, habían dibujitos y corazones con nuestros nombres, detrás de cada postre, hubieron risas y manchas de harina por todas partes, detrás de cada hora de tiktok, hubieron decenas de videos nuestros riendo y bailando, detrás de ese desafío, hubo también un compromiso: jamás dejaría que esa risa tuya, que tanto me alegraba el alma, dejara de existir.


Hoy, cumples quince años, y la vida se presenta ante ti con un sinfín de posibilidades. Hoy, ya no le estoy escribiendo a la niña de mi adoración, sino a la señorita virtuosa en la que, con mucho orgullo, veo que te conviertes. 


Mi Cami, debes saber que la vida cada vez se hará más dura, pero tú también te harás más fuerte. La presión social hará que dudes de ti y de tus capacidades, pero con cada error que cometas, vendrá un nuevo aprendizaje. El amor tocará tu puerta mil veces y con mil disfraces, y aún después de lágrimas y decepciones, descubrirás que el amor nunca muere, siempre te volverás a enamorar, a veces de otros, a veces de ti.


Me puse a llorar mientras te escribía todo esto y probablemente también lo haga cuando te lo lea, pero es importante que recuerdes, por si no te lo han dicho últimamente, que estoy orgullosa de quién eres. Que eres valiosa no por lo que haces, sino por lo que eres, porque lo que tienes se te puede ser arrebatado, pero lo que tú eres no te lo quita nadie.


Con mucha ilusión, cada año te escucharé contarme de tus nuevos sueños y con mucho amor, te ayudaré a que cada una de esas metas se hagan realidad.


Todo lo que te estoy diciendo, algún día se lo contaré a mi propia hija. Y cuando ese día llegue, estoy segura de que ella no sólo me tendrá a mi, sino también tendrá a su lado a su tía Camila, que habiendo recorrido todo el camino del que te hablo, será prueba fehaciente de que todo en la vida pasa, todo mejora, todo cambia. Tu existencia será una razón más para creer, en la vida, en el amor, en el destino y en ti misma.

Entradas más populares de este blog

Una tal Vic.

Dentro de mi.

Volví a ti.